Perdido en un desierto de garriga, y rodeado de muros de piedra seca, Le Clos des Fées parece una imagen salida de una tarjeta postal. En este lugar, la vid fue plantada a golpes de pico en medio de afloramientos de roca madre, en pequeños bolsillos de arcilla pura, y zigzaguea entre majestuosas encinas. Las piedras fueron retiradas de las viñas, una por una, a mano o con caballo, y apiladas, con paciencia y sabiduría, por generaciones de viticultores que trabajaron duro, sin prestar atención al reloj.

Dicen los ancianos del pueblo que, desde que tienen memoria, las viñas de brazos torturados ya eran «viejas».

Más antiguos aún, se ven a lo lejos los azules acantilados de Vingrau, casi verticales, donde sopla con rigor el Tramontana. Al pie de los Pirineos, muy cerca, brilla el Mediterráneo. Durante el solsticio, las hadas se reúnen y bailan en este lugar singular, diferente y misterioso.

Sin pensar demasiado, guiado por mi instinto, elegí este lugar para vivir al máximo mi pasión por el vino. Habiendo desarrollado distintas actividades como sumiller, escritor sobre vinos y el buen vivir, tuve la certeza, en una época clave de mi vida, de que tenía que empezar a «hacer» para conocer, o comprender, todas las etapas que permiten que un trozo de madera oscura dé lugar, años más tarde, a un néctar imposible de olvidar.

Algunas hectáreas de viñas viejas, unas tijeras de podar, un vino peleón y un pulverizador de espalda: aquí, muchos viticultores han trabajado solo con eso, dejando de lado el despliegue de maquinarias y técnicas. Y así fue que comencé, una mañana clara de 1997, sin dinero, sin nada que perder, pero colmado de grandes esperanzas.

En muy poco tiempo, la piel toma color y se curte, las manos se dañan, el cuerpo entero sufre, se tensa, y hasta llega a bloquearse. Ahora lo sé: en la realidad cotidiana, la viña está muy lejos del ambiente acogedor de los grandes restaurantes.

Consejos, pruebas, búsqueda de un estilo, discusiones y debates sin fin, los primeros vinos de la finca son un milagro de amistad, de atención y, sobre todo, de solidaridad, palabra que aún significa algo en el mundo del vino.

Actualmente, suelo dudar si hablar de la primera añada de Le Clos des Fées, ya que nadie parece creerme. En el fondo de una bodega que me prestó un amigo, a veces podíamos desgranar la uva recién cuando él mismo había terminado su jornada. Recuerdo cuatro cubas pequeñas de resina, una bomba que parecía recién salida de una tienda de segunda mano, telas para queso y la fuerza de nuestros brazos como únicas herramientas para prensar la uva, y el palo de un rastrillo para el bazuqueo. Había pocos racimos, algunos procedentes de viñas abandonadas. Recuerdo largas horas de selección, algo bastante lógico, dada mi poca experiencia en viñedos. Si bien teníamos mucho cansancio y un poco de desesperación, algunas noches, también teníamos una buena dosis de alegría, pasión e inconciencia. 1998 fue un año cálido y seco, y así pudimos poner en práctica nuestras ideas y nuestros métodos, nuevos en la región, elaborando vinos. De inmediato, sedujeron a quienes los probaron y nos mostraron el camino a seguir: perseverar, continuar.

¡Milagro! A partir del mes de abril, los vinos se venden «en primeur», es decir, jóvenes. Qué alivio: sin esto, imposible continuar, por falta de medios. De todos modos, y tal como estaba previsto, hay que tener otro trabajo para ganarse el sustento. Más tranquilo, nuestro banco nos concede un nuevo préstamo. Es el comienzo de una larga serie…

El año está marcado por la transformación del garaje de la casa en minibodega de vinificación. Colocamos una losa de hormigón, instalamos la corriente trifásica, trasladamos las cubas y compramos dos nuevas, de acero inoxidable. No tenemos grupo de frío, porque es demasiado caro, pero bombeamos agua fresca y pura del lavadero de enfrente, durante las vinificaciones. Cuando hay pocos medios, hay que ser creativo…

El viñedo crece un poco. Siete hectáreas de producción, pero solo 15 000 botellas. Habrá que habituarse, los rendimientos bajos ya forman parte de nuestros genes. El 75% de los vinos se crían en barricas nuevas, en particular, una nueva cuvée vinificada en toneles. Nuestra gama de vinos aumenta. El entusiasmo por los vinos de la finca es inesperado, y poco a poco se confirma que es cierto que estamos ubicados en un gran terruño.

Nueve hectáreas en proceso de producción y primeras plantaciones: 1,5 ha de Syrah de buena calidad en portainjertos seleccionados. La ladera es ruda y terriblemente empinada. ¿Tendremos, algún día, un tractor para arar una parcela como esta? Ya veremos. Comprarlo, cuando sea, solo nos llevará unos minutos, pero la viña demora años en crecer y echar raíces. Mientras tanto, tendremos que trabajar con el motocultor. Optamos por el rodrigón individual, fundamental para la poda en vaso. Algunas personas vienen a ver, en forma discreta, estos postes extraños. Se burlan. Pero, en poco tiempo, nos copian.

En la vendimia, el cultivo «grand cru» marca la diferencia. Nada sustituye la mano del hombre. Cosa extraña: ese año, todas las plantas alcanzan la madurez al mismo tiempo. Sacamos la mesa de selección por última vez, pero aún no lo sabemos… En la bodega, usamos dos cubas nuevas, más adecuadas a nuestros rendimientos bajos, y una bomba peristáltica para mantener la calidad del mosto. El parque de barricas se nutre, las condiciones de trabajo mejoran. En la prensa, ya se empieza a hablar de Le Clos des Fées. Aún seguimos sorprendidos y maravillados por la emoción que provocan nuestros vinos.

Ese año, más de 1500 horas de trabajo en verde nos permiten esperar la madurez de los racimos con relativa serenidad. Sergio se une al equipo, toma la viña a su cargo y nos aporta la experiencia y el instinto de quien nació en ella. También llega el tractor, mucho antes de lo que pensábamos, en el momento justo para preparar las nuevas plantaciones (1 hectárea de syrah y media hectárea de monastrell por selección masal). Nos despedimos del motocultor y de la carretilla Solo. En verdad, nadie los echará de menos por lo pesados de manejar. Sin embargo, nunca nos desprenderemos de los atomizadores de espalda y a motor, irreemplazables en las viñas empinadas.

Con cuatro personas trabajando en horario completo, más algunos temporeros, para 10 hectáreas de producción, llegamos a la proporción lógica de una explotación que aspira a la excelencia. Por fin, encontramos en el pueblo una pequeña bodega para alquilar, destinada a las barricas, y también compraremos la segunda bomba peristáltica: qué pena, seguiremos con el Saxo… El riesgo es cada vez más mayor. Sin embargo, un solo pensamiento sigue animando nuestro objetivo: hacer vinos mágicos…

Las añadas se suceden y se distinguen unas de otras. 2002 quedará en las memorias como una añada difícil, marcada por un cielo cubierto de nubes durante las vendimias que, si bien fueron tempranas en 2001, fueron muy tardías este año. Cielos de antología, pero también muchas preguntas y dudas, para esta que merece ser llamada nuestra primera añada difícil.

Retrocediendo en el tiempo, fue apasionante y aprendimos muchísimo.

El respeto absoluto que sentimos por las viñas viejas, plantadas en una parcela de 1,50 x 1,50, nos decide a comprar un portaaperos hidrostático de oruga que permite arar prácticamente en todas partes. Esencial, ese año, ya que permitirá evacuar mejor el agua de los suelos cultivados. A medida que avanza el otoño, siete de nosotros tendremos que controlar, una y otra vez, las quince hectáreas cultivadas para limpiar cada planta hasta el 28 de octubre.

Vinos magníficos, frescos y maduros a la vez, que mostrarán sus verdaderas cualidades durante el añejamiento. Adquirimos un pequeño grupo de frío para la bodega, así que no tendremos que volver a bombear agua del lavadero. Es el fin de una época.

Añada de canícula. En Vingrau, las viñas están acostumbradas a sufrir el estrés hídrico. Durante siglos, se han seleccionado cepas y portainjertos con este propósito. Dos labranzas con la oruga y con mula al final del invierno y a principios de primavera, permitieron destruir la cabellera superficial de raíces, por donde los tractores de ruedas no podían pasar. Las raíces vuelven a hundirse, buscando agua y nutrientes, se arraigan a mayor profundidad en la roca para expresar la pureza y las características minerales de un terruño.

Ligera interrupción de madurez en septiembre. Solo hay que esperar y, poco a poco, todo vuelve a la normalidad. Cariñena magnífica, muy tardía porque se cosechó hasta el 23 de octubre. Su frescura increíble confirma nuestra idea de lo importante que es ensamblar temprano y criar las cepas juntas. Cuando envejecen en botella, los vinos no muestran las características de «fruta cocida» tan temidas por todos. Nueva plantación a 12 000 plantas por hectárea. Pero el suelo no está lo suficientemente preparado y, tras dos años de lucha agotadora, habrá que decidirse a arrancar una de cada dos filas. La naturaleza nos llama al orden y a la humildad.

Año de madurez. La finca llega a las veinte hectáreas. Es evidente que la producción de cinco de ellas no podrá entrar nunca en el garaje, que es demasiado pequeño, y debemos conservar solo las mejores uvas. No nos angustiamos, es adrede: como todas las viñas son tratadas como «grand cru» y el año fue magnífico, la selección de la uva es difícil, pero la excelencia se mantiene. Se reabre una antigua bodega en el pueblo, y reparamos las cubas de cemento para vinificar «Les Sorcières», cuya calidad vuelve a mejorar gracias a la llegada de uvas nacidas de las plantas jóvenes de Syrah. Detrás del tractor de oruga, un intercepas ultrasensible acaricia las plantas de viñas viejas que se deleitan con tantos mimos. Plantación de un pequeño cuadro de cabernet franc por selección masal, y algunas hectáreas de Tempranillo: un buen pretexto para que sigan tratándonos de locos. Grandes vinos y hermoso año para las trufas, algo poco común.

Gran añada, éxito excepcional para los vinos y para la finca. En mayo, la Revue des Vins de France (guía de los mejores vinos de Francia) anuncia que somos «la finca nº1 en Rosellón». Esto nos motiva a superarnos… Invierno húmedo, pocos racimos de uva en todas las variedades y caída de frutos en numerosas parcelas de Garnacha. Verano cálido, pero sin sequía ni canícula. Gracias a dos nuevas bombas de calor, ya podemos soplar aire caliente y frío en la bodega. También adquirimos dos nuevos pulverizadores que llegan como anillo al dedo, ya que la presión del oídio fue constante durante el verano. El equipo, muy unido, hace una campaña ejemplar de trabajos en verde, conjugando rapidez, precisión y minuciosidad. En la vendimia, el estado sanitario es perfecto, así que la mesa de selección quedará en el granero. La vinificación fue fácil. Vinos ricos pero tensos, precisos, enérgicos. Fruta brillante y compleja. Taninos de calidad excepcional, vinos de guarda que mejorarán con la crianza. Una cosecha para recordar.

Nos enteramos de que practicamos el «Kaisen» japonés sin darnos cuenta. Un amigo que vino a visitarnos nos explica que sus principios están basados en «la mejora progresiva y constante de minúsculos detalles, esperando lograr un producto que satisfaga al cliente más exigente». Ese año, cambiamos toda la maquinaria para cultivar, es decir, los tres tractores, y preferimos que las herramientas fueran adecuadas para nuestras viñas viejas, y no lo contrario. En el camino a la excelencia, cada detalle es importante. Un nuevo colaborador se integra al equipo, y la superficie del viñedo roza las 30 hectáreas tras la compra (poco razonable) de un viñedo abandonado de Garnacha vieja que todos trataremos de salvar con uñas y dientes durante más de dos meses, a pesar del viento y las temperaturas glaciales. Invierno frío y lluvioso, desborre tardío, no llovió entre mayo y mediados de septiembre, vendimias a prueba de nervios en las que había que arriesgarse constantemente. Vinificamos con paciencia para extraer con suavidad, produciendo vinos concentrados y potentes cuando salen de la cuba. La crianza se ocupa del resto. Año memorable para las setas.

El año del viento. Como mínimo, 200 días. Un viento marino o un Tramontana frío y nervioso, que hiela el vientre en invierno y nos vuelve locos en verano. Primera cosecha de la nueva parcela de Syrah en suelo de granito de Lesquerde. Su nombre, poco habitual, hará que llamemos la atención. El vino es excepcional, y es lo único que interesa. En marzo, cuando el equipo recién empieza a descansar, nos llaman para intentar salvar 30 hectáreas de viñas y 40 de olivares abandonados. Imposible. No tenemos medios financieros, ni materiales, ni humanos. De todos modos, vamos a echar un vistazo. Fue un amor a primera vista. Mientras el equipo se prepara para trabajar, ponemos a funcionar las neuronas. El banco nos respalda. Gracias a la ayuda de la sociedad de fomento rural, nos transformamos en granjeros por dos años. ¿Tendremos éxito? Es un misterio, pero los árboles y las plantas están a salvo. Primera cosecha de aceitunas, de mesa y para aceite. Vendimias fáciles, bajo el sol y con buen humor. Levaduras un poco perezosas. En primavera, los azúcares terminan su transformación y aparecen las características de los vinos: cremosos, sensuales, rebosantes de fruta y taninos sedosos. En inglés, se dice «Pashmina tanins». Para celebrar nuestra décima vendimia, no podíamos esperar nada mejor.

El año «hermana Ana», esperando el agua que nunca llegó, como en Barba Azul. Invierno benigno, seco, pero con pequeñas tormentas primaverales perfectas para acompañar el desborre. Hermosa formación de racimos. Y luego, cuatro meses de sequía. Hubo 15 o 20 cielos grises, plomizos, listos para estallar, durante el verano. Pero lluvia, no, a pesar de nuestros deseos, nuestras invocaciones, nuestras danzas y cantos… Las viñas, sin embargo, se mantuvieron verdes, incluso en pleno verano, gracias a la llegada de vientos marítimos. Como «la boa del Principito que había tragado un elefante», tratamos de integrar el Mas de la Chique con sus 15 000 olivos y sus viñas abandonados. El 11 de septiembre, cayeron lluvias divinas que hicieron revivir las viñas sedientas y pudimos cosechar uvas relucientes, negras como el ébano. Vinificamos sin problemas, vinos sensuales a pesar de tener taninos muy presentes. Primera cosecha de nuestra nueva cuvée de Cabernet Franc, «un faune avec son fifre sous les oliviers sauvages» («un fauno con su pífano debajo de los olivos silvestres»). Las 849 botellas se agotan en cinco días. En la etiqueta, el fauno crecerá con nosotros, año tras año. Cosecha minúscula de aceitunas verdes y estupendas «Lucques» negras.

La añada de la humildad. Junto con la tolerancia, las dos virtudes más importantes, según Confucio… Invierno frío, muchas lluvias en diciembre. Temporal memorable en febrero, que mutila el gran roble del Clos des Fées. Bellos racimos, floración homogénea en una primavera perfecta. Mucho, muchísimo viento Tramontana durante el verano, sin una gota de lluvia entre junio y fines de octubre. Ese año, el control de la hierba fue la clave de todo por la fuerza de la competencia hídrica. Si aún nos quedaba alguna duda sobre la importancia de la labranza, quedó disipada. Para mí, es claramente la clave de la continuidad de la elaboración de grandes vinos en período de calentamiento climático. Si cultivar más de 100 parcelas nos vuelve locos a lo largo del año, en este tipo de cosecha, bendecimos al cielo por no tener semejante diversidad de terruños, precoces, tardíos, para tener a su disposición, en el momento de la vendimia, una paleta de uvas tan diversificada. Gran año para las aceitunas.

Invierno seco y frío hasta marzo, con lluvias parejas, sin excesos evidentes. Verano seco, julio muy cálido, hermosa lluvia el 23. Agosto ardiente y, por lo tanto, año «normal» aquí: cálido, seco, en el que había que esperar para desbloquear las madureces fenólicas. Tras doce vendimias, ya no soy el hombre joven sin experiencia del comienzo; aprendí a darle tiempo al tiempo. Ahora, el equipo está más sólido y, por primera vez, tengo la impresión de poder tomar distancia, de alejarme un poco del furor cotidiano para pensar en lo que hay que hacer o no hacer, ya que las dos cosas son importantes.

Un ligero cambio en la crianza de Vieilles Vignes, con la maduración de los Garnacha tintos en pequeñas cubas de cemento. Un poco más de Monastrell, también este año, en Le Clos des Fées, porque fue estupendo. Una nueva cuvée, «Images Dérisoires», a base de Tempranillo, ensamblado por pura intuición con un poco de Cariñena tinto, completa mi trilogía de vinos «extraños», mi espacio de libertad.

¿Qué es una añada del siglo? Una calidad excepcional. Una impresión de abundancia. Una sensación de «facilidad» a lo largo del ciclo vegetativo. Vendimias alegres, largas y serenas. Buenos vinos desde el descube, que seguirán siéndolo hasta su último día de vida, seguramente, dentro de muchísimo tiempo. Si esta es la definición de una «añada del siglo», 2011 lo es para nosotros en Rosellón.

Lluvia en primavera, buen nacimiento de racimos en todas las variedades, floración estupenda, verano fresco, gris, pero sin lluvia, 60 días de buen tiempo durante las vendimias, sin embargo, sin un día de más de 30 grados, noches frías, íbamos a tener tiempo para vendimiar y vinificar uvas magníficas. En la mitad de la cosecha, las cubas están llenas y sabemos que quizás no podamos poner todo. El buen tiempo permitirá esperar, parcela tras parcela, que hasta la última uva esté perfectamente madura. Concentración, fineza y, sobre todo, una fruta excepcional. Un año de ensueño, del que hablaremos durante mucho tiempo.